Antonio Ramírez del Río
En la primavera de 2010 tuve la ocasión de asistir como ponente a un foro de debate sobre el papel de la formación. El objetivo, igual que el del presente artículo [sic], consistía en reflexionar acerca del sistema de Formación para el Empleo y la importancia de evaluar su impacto. Asistieron al evento los secretarios de formación de las grandes centrales sindicales, expertos de la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo, además de representantes de la administración pública estatal competente. Hacia el final del evento, al iniciar mi exposición pregunté: “¿cómo podemos estar seguros de que la ingente inversión en formación subvencionada esta siendo realmente beneficiosa?” A pesar de estar aludiendo a una cuestión central del debate, la pregunta pareció inoportuna y fuera de lugar. Se hizo el silencio más absoluto en la sala.
Antonio Ramírez del Río En la primavera de 2010 tuve la ocasión de asistir como ponente a un foro de debate sobre el papel de la formación. El objetivo, igual que el del presente artículo [sic], consistía en reflexionar acerca del sistema de Formación para el Empleo y la importancia de evaluar su impacto. Asistieron al evento los secretarios de formación de las grandes centrales sindicales, expertos de la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo, además de representantes de la administración pública estatal competente. Hacia el final del evento, al iniciar mi exposición pregunté: “¿cómo podemos estar seguros de que la ingente inversión en formación subvencionada esta siendo realmente beneficiosa?” A pesar de estar aludiendo a una cuestión central del debate, la pregunta pareció inoportuna y fuera de lugar. Se hizo el silencio más absoluto en la sala.