También ha llegado el momento de hablar del síndrome post-vacacional, “palabro” técnico que, inicialmente, estaba reservado para los profesionales de Recursos Humanos y que ahora se repite y difunde de manera alegre y algo frívola a través de todo telediario que se precie.
Curiosamente también los telediarios de todas las cadenas han estado hablando, a principios de este verano, de otro síndrome, el del profesional conectado. Al parecer, según estas fuentes, un elevado porcentaje de profesionales no desconectan al tomar sus vacaciones. Siguen “enganchados” al móvil, al portátil… a la oficina en definitiva. Al parecer, no hacerlo genera tanta “depresión” como, al acabar las vacaciones, la vuelta al cole.
Reflexionando sobre estos dos hechos tan contradictorios, encontramos, por un lado, con lo que parece ser una insatisfacción básica humana: no estamos contentos con nada. Hay un dicho (una especie de chiste) que circulaba hace años cuando aún era políticamente correcto decirlo y que ilustra perfectamente este hecho. Se decía, por aquel entonces, que el casado añora la vida del soltero y que éste, a su vez, envidia la estabilidad del casado. Hoy habría que decir solter@ y casad@, pero el sentido es el mismo. Existe, en el ser humano, una insatisfacción básica generalizada. Si estamos de vacaciones no somos capaces de desenganchar, si volvemos al trabajo añoramos la playa y el dolce far niente. Somos así.
Pero, además, y como cierre de esta breve reflexión, me atrevo a sugerir que sobre la base de esta insatisfacción hemos creado una sociedad que tiene por objeto incrementar la insatisfacción. Permanentemente se nos muestran (nos mostramos a nosotros mismos) una serie de posibilidades que están completamente fuera de nuestro alcance pero que “debemos” desear: coches o casas de lujo, períodos vacacionales paradisíacos, juventud perpetua, belleza permanente, forma física ideal, cintura sin michelines y/o muslos sin celulitis, ropa acorde a dicho estilo, etc. y nos han enseñado (nos estamos enseñando) a que debemos desear esos tópicos. ¿La consecuencia? Estamos insatisfechos. En todo momento, lugar y ocasión. Permanentemente estamos deseando lo que no tenemos.
Hemos aprendido a vivir en un estado constante de insatisfacción, no sabemos vivir en un estado de satisfacción. De aquí que lo lógico es que cuando estemos de vacaciones estemos insatisfechos ya que es lo que sabemos hacer y a lo que estamos acostumbrados: añoramos el trabajo. Cuando volvemos al trabajo nos sentimos insatisfechos: añoramos las vacaciones.
Lo que asusta es que ha dejado de ser un “tema clínico” y se ha convertido en sentimiento de masas, alegre y frívolamente repetido por los telediarios.
Iñaki Pérez Socio-Director BCD Business and Change Development