Training & Development Digest On-line :: www.tdd-online.com    22 de mayo de 2012
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BREVES
Última actualización 18/11/2011@19:35:49 GMT+1
Teresa Puebla Vilariño Son las 7, ya debería estar en el hospital para cumplir con los deberes que la buena amistad merece. Sin embargo sigo aquí, inmóvil, incapaz de frenar los recuerdos. Yo tenía un buen amigo al que conocí en mi época de comercial. Se llamaba Fernando y tenía algunos años más que yo, pero su personalidad jovial y vitalista hacía que no notara la diferencia de edad. Cuando le conocí era un gran profesional reconocido en el sector como un fenómeno de las ventas.

Solíamos reunirnos e intercambiar impresiones acompañados de una copa al menos una vez por semana, en el pub que había frente a nuestras oficinas. En general compartíamos muchos puntos de vista sobre el trabajo, la política y sobre la vida, él se había divorciado un año antes y el tema de las relaciones de pareja solía estar presente en nuestras conversaciones. Aún recuerdo algunos de sus consejos por lo útiles que me han sido después de los años. Y sobre todo nunca olvidaré el apoyo que me brindó cuando Alicia, la novia más exigente que he tenido, me dejó tirado y al borde de una depresión.

Ambos compartíamos aficiones como la música de Bach, los viajes y, algo inusual en personas de nuestra edad: la pasión por los crucigramas y jeroglíficos. Fernando no era el típico encantador de serpientes, tan habitual en la profesión, si no que ofrecía un talante cordial y honesto, resultaba cercano y confiable tanto a los clientes como a sus propios compañeros. Mantenía buenas relaciones con todos, incluso con los colegas de la competencia. Y era tan reconocida su habilidad para los negocios que el mismo director Comercial solía pedirle consejo y se apoyaba en él para las grandes decisiones. Así estaban las cosas cuando yo acepté una oferta de trabajo en otra empresa. Fue algo que hablamos largo y tendido ya que él pensaba que si continuaba trabajando allí unos meses más, mejorarían significativamente mis condiciones. Pero por aquel entonces, yo era más ambicioso y amante de los cambios, por lo que decidí no tener en cuenta sus planteamientos.

Después de unos meses en la nueva compañía supe que mi anterior empresa había sido absorbida por una multinacional americana y que mi antiguo director Comercial fue trasladado a la sede de Madrid.

Algo más tarde volví a tener noticias de Fernando. Un día me llamó, cuando comenzó a hablar lo encontré un poco apagado y al preguntarle si se encontraba bien, me respondió que la noche anterior había estado de copas y que en esos momentos tenía los típicos síntomas de la resaca. Estuvimos hablando de la Bolsa, me comentó que pensaba invertir en valores de mercados asiáticos y me recomendó que me animara a hacer lo mismo ya que, desde su punto de vista, los beneficios a corto plazo estaban asegurados. Se interesó por mí, preguntándome por mi nuevo trabajo, por el destino de mis próximas vacaciones y por si continuaba manteniendo mi afición a los crucigramas y pasatiempos. Me habló también de su deseo de emprender un largo viaje en las vacaciones que estaban a la vuelta de la esquina. Le sugerí la India como destino, yo conocía el país y me parecía una buena alternativa para desconectar y dejarse sorprender por sus contrastes. Nos despedimos prometiéndonos una próxima comida a la vuelta, con la idea de intercambiar impresiones sobre nuestras estancias en distintas partes del mundo, ya que ese verano yo viajaría a Venezuela.

No volví a saber nada de él hasta después de cuatro meses, cuando me llamó para proponerme que comiéramos juntos a lo que yo acepté encantado. Echaba de menos aquellas conversaciones animadas que habíamos mantenido una vez por semana. Percibí cierto nerviosismo en su voz, pero cuando iba a preguntarle cómo iba todo, Fernando ya había colgado.

Cuando lo tuve sentado frente a mí en el restaurante lo encontré desmejorado, más delgado y ojeroso, había vuelto a fumar y pude observar, algo inusual en él, cierto descuido en su imagen: llevaba barba de al menos dos días, la camisa sin planchar y unos mechones de pelo grasientos que se esforzaba por retirar de la cara.

Me comentó que finalmente había pasado en Madrid sus vacaciones porque necesitaba descansar y así podía dedicarse a nuestra común afición: los crucigramas. No se interesó por mi viaje a Venezuela, y eso, además de desconsiderado por su parte, también me pareció extraño, ya que a él siempre le habían apasionado los viajes.

Hablamos un buen rato sobre los viejos tiempos y cuando le pregunté por su situación en la empresa me contestó con evasivas, por lo que no me atreví a seguir preguntando. Cuando dimos por finalizado el encuentro le vi rebuscar en su cartera en un ademán de pagar la cuenta, pero terminó por admitir que había olvidado sus tarjetas de crédito. Yo me dispuse a pagar rápidamente, mientras él comentaba que también tenía prisa, quería terminar uno de los jeroglíficos en los que estaba enfrascado.

Estábamos esperando la factura cuando de pronto me dijo que tenía que confesarme algo, yo le miré intrigado, mientras él me hablaba en voz baja, mirando a derecha e izquierda. Al principio no le oía bien pero enseguida le escuché decir que unos meses atrás había resuelto uno de los jeroglíficos más complejos de su existencia, cuya solución era una simple palabra que estaba suponiendo una maldición para él. Por esa razón no podía dejar estos pasatiempos hasta que consiguiera resolver uno que rompiera el maleficio.

Me costaba creer lo que estaba oyendo aunque mi curiosidad me hizo preguntarle cuál era esa palabra, a lo que Fernando me contestó que no era capaz de repetirla en voz alta.

Me quedé atónito mientras él me despedía con un abrazo y desaparecía. Cuando me disponía a recoger la factura de la comida, vi un papel encima del mantel, tenía el aspecto de una cuartilla doblada en cuatro partes, estaba seguro de que ese papel no era mío pero no pude evitar abrirlo, lo desdoblé con tal impaciencia y torpeza que casi lo rompo, enseguida apareció la primera letra, una d mayúscula, cuando terminé de abrir el papel pude leer en él una sola palabra: despedido.

Teresa Puebla Vilariño Gerente de Consultoría Griker Orgemer

 

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