Training & Development Digest On-line :: www.tdd-online.com    22 de mayo de 2012
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COACHING
Última actualización 29/07/2011@22:33:26 GMT+1
La Escuela Europea de Coaching lanza al mercado el libro “No es lo mismo” (LID Editorial Empresarial), una recopilación de 32 distinciones de coaching basadas en experiencias y prácticas del ejercicio profesional. En su prólogo, Mario Alonso Puig nos aporta lo siguiente, “Entre sus páginas encontraremos no sólo altas dosis de conocimiento y sabiduría, sino también una marcada practicidad”. Las autoras, Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate, nos acercan a continuación a su contenido.

Hacía tiempo que nuestros alumnos de la Escuela Europea de Coaching venían pidiéndonos material escrito sobre distinciones de coaching y nunca encontrábamos el momento para emprender una tarea tan interesante y compleja a la vez. Finalmente decidimos ponernos a ello, escribiendo una obra donde profesores y alumnos de la escuela han aportado sus más íntimas experiencias en el ejercicio del coaching. Ha sido un proceso largo, laborioso y también de mucho aprendizaje, en el que nos hemos reunido sin cesar para conversar y debatir acerca de los conceptos a incluir en la obra, de la mejor manera de explicarlos en ella o de aportar ejemplos de nuestras experiencias en el aula o como coaches. El resultado es un libro coral, que recoge las experiencias y el conocimiento de muchas personas diferentes que, con gran generosidad, han contribuido a enriquecerlo.

Si bien en un principio queríamos dar respuesta a las peticiones de nuestros alumnos, pronto pensamos que el libro podía interesar también a otros coaches y a nuestros clientes, profesionales y directivos que han vivido o están viviendo procesos de coaching. Finalmente nos propusimos también que el estilo fuera muy claro y directo, para que cualquier lector pudiera entenderlo. En nuestra práctica profesional, la claridad y la sencillez son competencias que debemos desarrollar y que siempre cultivamos. Los coaches nos entrenamos para ser capaces de transmitir conceptos a veces muy complejos y profundos, con un lenguaje conciso y fácil de asimilar.

Este nuevo enfoque ha hecho que su lectura tenga muchos niveles y que tal vez por ello esté resultando útil no sólo a coaches, estudiantes o clientes, sino a otros lectores muy diferentes. Asimismo está siendo inspirador a todo tipo de profesionales, a jóvenes estudiantes o a padres y profesores. Al fin y al cabo, las ideas que se presentan en la obra abren la posibilidad de pensar y de hacerse nuevas preguntas a todo el que esté interesado en su mejora personal o profesional.

El lenguaje no es inocente

Sabemos que las palabras que empleamos encierran una enorme fuerza que podemos utilizar en nuestro beneficio o que pueden operar en sentido inverso, haciéndonos mucho daño. Por eso decimos que el lenguaje no es inocente. Tiene la capacidad de crear realidades y de impactar en nuestras vidas de muchas maneras diferentes. Cada vez que hacemos una declaración, cada vez que emitimos una opinión, cada vez que nos contamos a nosotros mismos el porqué de lo que nos ocurre, hay una consecuencia directa en nuestra vida, en nuestra realidad. Más de un lector se habrá dicho alguna vez “No puedo”. Esta declaración de imposibilidad se acompaña de una serie de acciones relacionadas. Si un estudiante declara “No tengo fuerza de voluntad para terminar esta carrera”, probablemente actuará en consecuencia abandonando sus estudios. La persona que se dice a sí misma “soy incapaz de aprender un nuevo idioma” tirará la toalla y dejará de intentarlo. Entonces, ¿cual es la causa del abandono?, ¿la supuesta falta de voluntad, la incapacidad o más bien la propia declaración? Nuestras declaraciones tienen el enorme poder de hacernos actuar. Hay declaraciones que nos cierran puertas y ponen frenos a nuestras capacidades y otras que nos desafían, ayudándonos a desarrollar nuestro potencial y acercándonos a nuestros objetivos. Por eso pensamos que es tan importante poner atención a lo que nos decimos, a las historias que nos contamos.

Las historias son solo historias

Los seres humanos nos diferenciamos del resto de los seres vivos, básicamente, por la capacidad que tenemos para contar (y contarnos) historias. Esta capacidad es la que nos permite interpretar el mundo, darle sentido a lo que nos rodea, a lo que nos ocurre, a quiénes somos.

Sin embargo, las historias son solo historias, a veces nos contamos historias que nos hacen daño o que nos cierran posibilidades, otras veces es al contrario y nos contamos historias que nos llenan de fuerza y de posibilidades.

La manera como hablamos, influye de una manera tan decisiva en nuestras vidas que tal vez valga la pena ponerle atención. Si lo hiciéramos, ¿podríamos mejorar nuestra existencia, ser más eficaces, vivir más felices o con menos sufrimiento? Para nosotras la respuesta es obviamente afirmativa. Cuando ponemos atención en la forma que tenemos de hablar e introducimos algunos pequeños cambios, nuestra realidad se modifica de manera inmediata.

Las distinciones que utilizamos en coaching son como ventanas que se abren a esta posibilidad. Cuando distinguimos algo nuevo, adquirimos un aprendizaje que amplía nuestra mirada y que modifica nuestra capacidad de acción. Las distinciones que hemos seleccionado en el libro, tienen el poder de ayudarnos a ver las cosas de un modo diferente. Esta nueva manera de mirar la realidad, a veces nos permite abrir la puerta a nuevas posibilidades y a nuevos aprendizajes. Pero la mejor manera de entender todo esto, es mostrando algunos ejemplos.

¿Pedir o esperar?

Cuando pedimos algo a alguien, lo hacemos porque tenemos una necesidad o una carencia (aquello que pedimos) y también unas ciertas expectativas de que la otra persona aceptará ayudarnos o darnos aquello que le hemos pedido. Pero pedir no siempre es sencillo. A veces no nos atrevemos, tememos el rechazo del otro, no queremos molestar, no nos gusta deber favores o nos decimos que no vale la pena.

Hay muchas personas que tienen dificultades con las peticiones por muchos motivos diferentes, que no entraremos a analizar ahora. Sin embargo, todos tenemos expectativas acerca de lo que el otro debe darnos, acerca de lo que es razonable que se nos provea. Cuando no nos atrevemos a exponer nuestras expectativas de manera clara y directa, a través de peticiones, empezamos a manipular nuestro entorno para lograr aquello que deseamos. A veces lo conseguimos, pero es mucho más frecuente que terminemos frustrándonos, porque las cosas no salen como esperábamos.

Es el caso típico del profesional que tiene expectativas de ser promocionado pero que no se atreve a exponerlas claramente. Tal vez crea que le van a tomar por un vanidoso o tenga miedo a que le digan que no, tal vez se vea incapaz de dar el paso por miedo o por vergüenza o simplemente porque no sabe cómo afrontar la conversación. Intentará, eso sí, hacer ver su valía y mostrarse disponible, se esforzará mucho por ganarse la confianza de sus jefes, incluso puede llegar a jugar con poca honestidad para despejar el camino de otros posibles competidores. Pero si pasa el tiempo y la promoción tan esperada no se produce, empezará a sentirse frustrado y resentido y a mostrar de muchas formas su insatisfacción, generando seguramente en su entorno el efecto totalmente opuesto al deseado, porque los demás percibirán su negatividad y su candidatura quedará cada vez más comprometida.

Hacer una petición exige, como hemos visto, superar algunas barreras que tienen que ver con nuestras creencias “tengo miedo de que me diga que no”, “no quiero que piense que estoy abusando”, “no quiero molestar”, “no quiero deber favores a nadie”, “no quiero que piense que no puedo yo solo”, “no necesito la ayuda de nadie”, etcétera. Pero también exige saber cómo hacerlo. Una petición debe ser hecha de manera clara y directa, sin ambigüedades. Debe aclarar de forma precisa qué es exactamente lo que necesitamos y para qué, por qué es importante para nosotros y cuáles son las condiciones que se tienen que dar para quedar satisfechos (dónde, cuándo, cómo). Pedir es todo un arte que no siempre dominamos.

Frecuentemente decimos o escuchamos decir cosas como: “¡Estoy hasta arriba de trabajo!” En lugar de pedir clara y directamente: “Necesito que me ayudes con este informe”. Esperamos que la otra persona capte la indirecta, porque a buen entendedor, pocas palabras bastan. Pero la verdad es que no hemos pedido nada y, al no hacerlo, impedimos que la otra persona pueda contestar a nuestra petición con la libertad de darnos una respuesta, ya sea afirmativa o negativa.

Lo más sorprendente en esta distinción, es que hay personas que ignoran que no saben pedir y que utilizan esta forma indirecta, poco clara y cargada de expectativas, en todas las situaciones de su vida. La consecuencia es una gran frustración y muchos reproches que la mayor parte de las veces no se expresan abiertamente, pero que minan las relaciones en un plano más sutil. Cuando se entiende esta distinción, se comprende mejor la dificultad y se exploran sus limitaciones, puede uno comprometerse con su deseo de cambiar y así empezar a hacer peticiones de forma directa y clara. Este cambio en la comunicación, aparentemente tan pequeño, puede generar consecuencias muy importante en nuestras vidas, aunque solo sea porque nos ayuda a hacernos cargo de nuestras necesidades y deseos y a expresarnos con más claridad y franqueza.

¿Preocuparse u ocuparse?

Cuando nos preocupamos por algo, le damos vueltas y más vueltas en la cabeza, anticipando desastres o barajando alternativas, buscando una solución a un problema. Nos sentimos amenazados, pasamos noches en vela, nos ponemos en la situación más dramática… la preocupación tiene este efecto de círculo vicioso del que parece imposible escapar y que puede atraparnos durante horas, días, semanas o toda una vida.

Hay personas especialmente preocuponas, que hacen de la preocupación una forma de vida. Para ellas, todo son problemas, cualquier situación puede ser amenazante. Son los seguidores de las Leyes de Murphy: si algo malo puede ocurrir, ocurrirá. Sabemos la relación que existe entre las historias que nos contamos y las emociones que estas historias nos producen, así es que podemos deducir que las conversaciones asociadas a la preocupación generan emociones de miedo y angustia. Estas emociones, mantenidas en el tiempo, generan estados de ánimo que acaban por regir nuestra vida, dominando nuestras conversaciones, haciendo que ya todo nos parezca motivo de preocupación.

Cuando nos ocupamos de algo tenemos un plan de acción y por tanto, la sensación de que hay una oportunidad, una posibilidad de resolver la situación. La conversación interna es muy diferente, más esperanzada, menos victimista. En lugar de atraparnos en un círculo vicioso, nos permite actuar y buscar soluciones. En consecuencia, las emociones que se generan son también más positivas y expansivas.

Lo interesante de esta distinción es que todos tenemos la capacidad de ubicarnos donde queramos, ante las situaciones de la vida. Podemos escoger preocuparnos y encerrarnos en el victimismo, la angustia, el miedo o la desesperanza, como W.S. Churchill hizo la mitad de su vida, según la famosa frase que se le atribuye: Pasé la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás ocurrieron. Pero también podemos escoger ocuparnos, detener las cadenas de pensamiento anticipatorias y catastróficas, aceptar que no podemos cambiar lo que no está en nuestra mano y ocuparnos con toda nuestra fuerza y nuestra energía, para cambiar aquello que sí está entre nuestras posibilidades.

A veces encontramos personas que consideran poco razonable e incluso irresponsable no preocuparse por las cosas importantes de la vida. ¿Qué clase de jefe sería si no me preocupara por la marcha de este proyecto? ¿Cómo no preocuparme por el futuro de mis hijos, por la estabilidad económica de mi familia? Nosotras pensamos que lo irresponsable sería no ocuparse, pero preocuparnos no añade nada ni facilita las cosas, mata la energía, eleva el estrés, hace que enfermemos y, finalmente, limita nuestras posibilidades.

¿Error o fracaso?

El error es parte natural de cualquier proceso de aprendizaje. Aprender algo nuevo significa exponernos, probar, explorar y equivocarnos muchas veces, antes de encontrar la manera más adecuada de hacer las cosas. Esto es algo que parece tan evidente que no necesita mayor explicación. Sin embargo, en la práctica no todo el mundo lo vive de la misma manera. En muchas ocasiones, vivimos el error de un modo tan negativo, que nos cuesta mucho aceptarlo y aprovechar el aprendizaje que podemos extraer de él.

Nuestra sociedad está tan enfocada a los resultados, que el error se valora frecuentemente como un obstáculo, algo que hay que evitar a toda costa y que se penaliza mucho cuando aparece. En este contexto, hemos aprendido a tenerle miedo a equivocarnos y a considerarlo como un fracaso que hay que evitar a toda costa, esconderlo, achacárselo a otras personas, cualquier cosa antes que aceptarlo.

Cuando pensamos que error y fracaso son la misma cosa, lo primero que nos ocurre es que nos sentimos atenazados y con miedo a explorar y probar cosas nuevas. En este enfoque la creatividad y la innovación están prohibidas. Hay personas y también organizaciones completas que creen que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Dirán cosas como “que inventen otros”, “los experimentos con gaseosa”, “las cosas siempre se han hecho así” y otras cosas parecidas. Sin embargo, cuando podemos ver el error como una parte natural del aprendizaje, nos mostramos menos temerosos para innovar, nos atrevemos más a explorar territorios desconocidos, sabemos que, si se produce algún error, aprenderemos de la experiencia y eso puede ser más provechoso que el propio objetivo perseguido.

Otra consecuencia negativa de pensar en el error como un fracaso es la dificultad para aceptarlo, así es que podemos ocultarlo, intentaremos que nadie se entere, nos justificaremos con explicaciones de todo tipo, buscaremos culpables… todo ello porque la carga de sentir que hemos cometido un error es demasiado fuerte e inaceptable. Por el contrario, cuando pensamos en el error como parte del aprendizaje, las equivocaciones son parte del proceso, oportunidades para mejorar, por lo tanto es más fácil mirarlo de frente, sin miedo. Podemos hacernos cargo sin sentirnos culpables, podemos ser más objetivos a la hora de analizar las causas, incluso seremos más eficaces a la hora de diseñar medidas correctoras o planes de contingencia.

También podemos pararnos a pensar en el impacto que tiene sobre nuestro estado emocional el vivir los errores como fracasos o como parte del aprendizaje. En el primer caso, las emociones asociadas más frecuentes serán el miedo y la tensión, nos sentiremos atenazados, preocupados, amenazados ante la posibilidad de cometer un fallo. En el segundo caso, sin embargo, habrá mucho más optimismo, nos sentiremos ilusionados ante los nuevos retos, tendremos más ganas de explorar y lo haremos de un modo más confiado.

Finalmente, podemos pensar en cómo impacta en nuestras relaciones con los demás el vivir el error desde ambos lugares. Cuando pensamos en el error como un fracaso, nuestros juicios sobre los errores de los demás serán mucho más duros. Los veremos poco responsables, poco cuidadosos, diremos que no están comprometidos o que no son merecedores de nuestra confianza, así es que reaccionaremos con enfado y con reproches. Los jefes, (que no líderes), que miran el error de esta manera, suelen tener equipos que no se arriesgan, consultan cada nueva acción, esperan instrucciones, ocultan sus errores y echan balones fuera.

Por el contrario, los líderes que son capaces de mirar el error como parte del aprendizaje, generan un tipo de relación muy diferente, las cosas se pueden hablar con franqueza, los errores pueden analizarse para aprender de ellos, los equipos aprenden y se desarrollan más deprisa, son más participativos y también más creativos.

¿Culpar o hacerse responsable?

Esta es una de nuestras distinciones favoritas y parte esencial de muchos procesos de coaching. En cierto sentido, podríamos considerar que un proceso de coaching es un viaje que parte de un lugar en el que la culpa de nuestras dificultades está puesta fuera de nosotros, a otro lugar en el que somos capaces de hacernos responsables de lo que nos ocurre.

Todos tenemos la tendencia natural a no considerarnos parte de los problemas que nos afectan. Cuando buscamos causas o explicaciones, encontramos siempre la manera más adecuada de echar balones fuera, así descargamos nuestra frustración y nos liberamos de la tensión que supone aceptar que hemos tenido algo que ver con lo ocurrido.

Echar balones fuera sirve también para descargarnos del juicio moral asociado a la propia palabra culpable. La mayoría de las veces nos consideramos no culpables, es decir, inocentes. Si somos inocentes, entonces el culpable, necesariamente, tiene que ser otro.

Al declarar culpable al otro, aparece una consecuencia asociada: si el otro es el culpable, entonces yo soy la víctima, el elemento más débil, el que merece la atención y la simpatía de los demás, el que despierta la compasión ajena, el que merece justicia.

Todos nosotros somos grandes expertos en esto de encontrar culpables. Forma parte de la capacidad que tenemos los seres humanos de contarnos historias. Explicaciones que tienen muchas ventajas aparentes: alivian la tensión, nos eximen de la responsabilidad y nos ahorran el trabajo de tener que hacer algo al respecto. Pero también hay algunos inconvenientes asociados que no siempre vemos, porque cuando nos sentimos víctimas inocentes, también nos convertimos en víctimas impotentes. Ya no hay nada que podamos hacer, más allá de quejarnos y resentirnos. Nuestras posibilidades de acción quedan bloqueadas.

Hablar en términos de víctima –culpable− es para nosotros, como mínimo, poco práctico. La propia palabra encierra un significado moral que nos atrapa. Preferimos utilizar entonces la palabra responsable, que tiene una carga implícita menos agresiva y más potente. Habrá muchas situaciones en las que seamos incapaces de sentirnos culpables pero sin embargo, podamos aceptar que tenemos una cierta responsabilidad en lo ocurrido.

Todas las relaciones tienen al menos dos elementos y ambos influyen en mayor o menor grado en la manera como se desarrolla dicha relación. Los roces o dificultades que puedan surgir, estarán siempre influidos por ambas partes. Nunca hay una parte totalmente responsable de lo ocurrido y otra totalmente no responsable. Esto significa que podemos mirar cualquier situación y preguntarnos: “¿qué parte de responsabilidad puedo atribuirme en esta situación?”

En el capítulo que recoge esta distinción, incluimos el ejemplo de Ana, quien había percibido un deterioro de su relación con su jefe. Desde su punto de vista, se había vuelto más frío y distante desde su reciente nombramiento y creía que esto se debía a que en su nueva posición, prefería relacionarse con otras personas y que la había dejado de lado. Ana tenía muchas explicaciones sobre la conducta de su jefe, le consideraba culpable de una actitud interesada y ella se sentía víctima inocente. Por su parte, el jefe de Ana había notado también un distanciamiento por parte de esta y lo atribuía a que ahora le veía más lejano, por su nuevo nombramiento. Ambos ponían la culpa en el otro y ninguno se había parado a pensar en su responsabilidad en el asunto. Ambos evitaron conversaciones para aclarar las cosas, porque se sintieron impotentes ante la situación.

Este ejemplo nos permite ver cómo podemos abordar las situaciones desde la culpabilidad, permitiéndonos sentirnos inocentes, tranquilos y también impotentes. O podemos tratarlo desde la responsabilidad, hacernos cargo y actuar en consecuencia.

Revisa tus conversaciones

Hemos visto que el lenguaje no es inocente y que las historias que nos contamos tienen una gran capacidad de generarnos una u otra realidad. En este caso, ¿no deberíamos prestar un poco más de atención a la manera como conversamos? Desde la infancia, en el colegio, en las familias, entrenamos a nuestros hijos en la adquisición de conocimientos y en el desarrollo de ciertas habilidades. Nos parece muy importante que los niños aprendan algunos valores, que desarrollen su fuerza de voluntad, su autoestima, su capacidad de estudio o que aprendan a relacionarse y a convivir con otras personas. Queremos que crezcan felices y que se conviertan en adultos sanos, estables y con los recursos necesarios para desenvolverse bien en la vida. Para lograr estos objetivos, nos parece fundamental poner atención en las historias que nos contamos, incorporar ciertas distinciones y desarrollar algunas habilidades conversacionales.

Las distinciones que hemos mostrado aquí, junto con otras muchas sobre las que también podemos detenernos, tienen la potencia de hacernos reflexionar y de provocarnos algunas preguntas nuevas. Cuando somos capaces de incorporar ciertas distinciones, vivirlas y actuarlas, abrimos un mundo de construcción de nosotros mismos infinito, que tira por tierra muchas creencias deterministas que están profundamente arraigadas en nuestra cultura y que nos hacen creer que las personas no podemos cambiar. Cuando superamos este determinismo, podemos dejar de vernos como meros espectadores de nuestras acciones para pasar a convertirnos en protagonistas de nuestras propias vidas.

Silvia Guarnieri.
Es socia fundadora y directora académica de Escuela Europea de Coaching.
Miriam Ortiz de Zárate.
Es Professional Certified Coach por la Internacional Coach Federation y certificada en Coaching de Equipos por la EEC.
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