Training & Development Digest On-line :: www.tdd-online.com    22 de mayo de 2012
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EDITORIAL
Última actualización 08/04/2011@09:42:00 GMT+1
Juan Antonio Sagardoy
El mundo, y sobre todo la Unión Europea, están pasando por momentos de especial dramatismo en lo económico y en lo social. Y para hacer frente a los retos que tenemos por delante hay que fortalecer lo positivo y eliminar lo negativo. Y eso se predica tanto de la Unión en su conjunto como de cada país en concreto, puesto que junto a los esfuerzos comunes por salir del hoyo se aprecia asimismo una cierta dosis de insolidaridad traducida casi en “sálvese quien pueda”.

Y es que, salvo por egoísmo, será difícil que los que más tienen y más trabajan ayuden alegre y benévolamente a los que menos tienen y menos trabajan. Todos tienen que hacer sus deberes.

En España uno de los principales problemas a resolver es el de la unidad y en la creencia de la misma, unidad política y unidad de mercado, marcada por la austeridad, el buen sentido y el esfuerzo. Las campanas tocan a rebato y sería suicida desoírlas. España, según nos recuerda García de Enterría, como Roma o Grecia, ha sido durante más de mil años, algo de más entidad que una nación; ha sido una cultura entera, que traspasa siglos y continentes, la única universal, con la anglosajona, que en este siglo, que todo lo ha reducido, subsiste aún.

Pero esta España tiene en los momentos actuales negros nubarrones sobre su identidad global, quizá porque, como dice González Antón, el español es seguramente el pueblo europeo que más ha debatido sobre su propio “ser histórico”. Está en la encrucijada de buscar el equilibro entre la unidad y la diversidad, porque la realidad de España como antigua “nación histórica” no tiene por qué entrañar unas estructuras políticas uniformes o un Estado centralizado. Pero la variedad histórica y cultural de sus elementos tampoco tiene por qué hipertrofiarse.

De ahí que uno de los principales retos que tenemos es poner sensatez y orden en el mapa autonómico, recentralizando lo que sea preciso y sin perjuicio del respeto a la variedad. Pues, por ejemplo, reducir el mercado de cuarenta millones a trescientas o quinientas mil personas a base de legislaciones autonómicas de especificaciones distintas, para ascensores, autobuses, licencias, etc. es una locura que pagaremos cara. En definitiva, tenemos el reto de una revisión profunda de lo que hemos hecho desde 1978 con el título VIII de la Constitución para que en lo político y económico tengamos el peso que nos merecemos en el concierto internacional.

Otra de las cuestiones clave que tenemos por delante es el de las reformas estructurales. La educación, la energía, el medio ambiente, el sistema financiero y el laboral son campos y temas de gran calado que hay que afrontar con espíritu unido y constructivo. Por referirme solo al campo de las relaciones laborales y la Seguridad Social, no tenemos más remedio que ponernos en la tarea de renovar en profundidad sus parámetros si queremos ser eficientes y competitivos. Ahora mismo estamos en el puesto 33 en competitividad, el 58 en facilidad para hacer negocios (seguridad jurídica, trabas administrativas, etc.) y en el 160 en flexibilidad de la legislación laboral. Si a eso añadimos el 30% de temporalidad y el 20% del paro, el cocktail es explosivo pero tiene solución; seguro que la tiene. Siempre que nos pongamos a la tarea sin demagogia ni electoralismo sino con realismo y esfuerzo.

Juan Antonio Sagardoy
Catedrático de Derecho del Trabajo y
Vicepresidente del Foro de la Sociedad Civil

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