Training & Development Digest On-line :: www.tdd-online.com    18 de mayo de 2012
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TOME NOTA

El cine como metáfora

Última actualización 02/12/2010@14:24:30 GMT+1
Ángel Gayán Navarro
La presencia de películas en el cine español que abordan el mundo empresarial va cobrando importancia paulatinamente y no desmerece, en absoluto, de las realizadas por otras cinematografías.

En este sentido, ha generado algún título interesante que, en muchos casos, se ha visto correspondido tanto por buenas críticas como en respuesta de público. Basta recordar los más recientes, con el riesgo de dejar alguno en el tintero: “Los lunes al sol” (2002) de Fernando León de Aranoa; “Smoking Room” (2002) de J.D.Wallovits/Roger Gual; “Crimen ferpecto” (2004) de Alex de la Iglesia; “El principio de Arquímedes” (2004) de Gerardo Herrero; “El método” (2005) de Marcelo Piñeyro o “Casual day” (2007) de Max Lemcke.

Muchas de estas películas tienen, como común denominador, situaciones, relaciones o tensiones que se producen en el entorno laboral y que pueden ser reconocibles por cercanas o vividas. Narradas, en ocasiones, con un humor negro, ácido o cáustico, que permite mitigar la tensión de los aspectos más ásperos o dramáticos. Es el caso de “Casual day”.

Se trata del segundo largometraje del realizador madrileño Max Lemcke (1966), y hasta ahora su ópera prima, que filmó una obra coral (que recuerda las comedias de Berlanga) y en la que, a pesar de ser novel, contó con un elenco de excelentes actores y que le permitió ser la gran triunfadora del 2008 en la gala del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC) al conseguir cuatro galardones, aunque posteriormente no quedase finalista de los Goya.

Uno de los galardones, el de mejor guión original, obedece a las experiencias de Lemcke en sus doce años que trabajó en Telefónica; recortes de prensa especializada; labores de documentación sobre este tipo de prácticas; ideas obtenidas en conversaciones de café y el contenido de otro guión que estaba escribiendo sobre ejecutivos. Según palabras del propio Lemcke, no pretendía caricaturizar la realidad, sino que le interesaba plasmar en la película “lo que pasa día a día” en la empresa y denunciar “la voracidad laboral, la hipocresía y el patetismo de nuestras relaciones cotidianas con los más cercanos, en ocasiones grandes desconocidos”.

“Casual day”, costumbre importada de los Estados Unidos (como tantas otras), es una jornada informal de convivencia de los trabajadores de una empresa, alejados del habitual lugar del trabajo (generalmente se desarrolla en el campo), una especie de “retiro espiritual” que tiene como objetivo reforzar la comunicación y las relaciones personales, motivar, mejorar el clima laboral y la actividad empresarial, reducir el estrés, potenciar el trabajo en equipo, el “buen rollo” vamos... En ocasiones, se realiza alguna actividad lúdica o ejercicios que sirven de base de reflexión sobre los aspectos anteriormente citados.

La película pone el dedo en la llaga sobre distintos aspectos de los actuales funcionamientos de muchas empresas y lo hace mostrándonos su peor cara y que nos permite plantearnos algunas reflexiones.

Trata de la hipocresía laboral presente en muchas empresas y que no tienen empacho en realizar este tipo de actividades que nadie se cree, cuando las relaciones interpersonales están presididas por una ausencia de ética, falta de una comunicación clara y veraz y el ejercicio de una jerarquía a ultranza que, lejos de obtener compromiso, consigue, en lugar de lealtad, la sumisión y el arribismo de los empleados como único medio de supervivencia en la empresa.

Ya en el viaje hacia la casa rural observamos que los integrantes de la jornada tienen expectativas bien distintas que van desde el escepticismo, la tensión, la desconfianza, la “obligación”, el miedo, o los que consideran que es una chiquillada o un cuento, incluso alguien dice que “es gris”, como todo... En el colmo del despropósito, hasta el propio jefe dejará bien claro, posteriormente, que solo sirve para que los trabajadores se olviden de “lo de todos los días”...

Cuando acaba el “Casual day” la sensación que queda es que el objetivo que se perseguía no sólo no se ha logrado, sino que los problemas personales entre los trabajadores se han acentuado, favorecido por el “doble juego” que lleva a cabo esa pretendida cara amable de la empresa que es el psicólogo al que solo le importa elevar el rendimiento y no mejorar la situación de los trabajadores.

Un clima laboral falto de confianza y de sensación de desamparo frente a las decisiones del superior. Con un ambiente hostil, en el que están excluidas las emociones, el reconocimiento y los sentimientos, los síntomas son de una empresa enferma, contexto en el que, inevitablemente, aflora el miedo y surge lo peor del individuo: envidias, mentiras, celos, conseguir el objetivo a cualquier precio, falsedad, amiguismos, resentimiento, machismo, falta de compañerismo, traiciones o mezquindades. Caldo de cultivo en el que es impensable que surja el compromiso, la innovación o el talento.

La todavía valoración de la “dirección por presencia” frente a la lucha por conciliar la vida laboral y privada . Como dice el jefe “las cosas se consiguen echando horas”. En el avance del estudio Oche que realiza “INFOVA Observatorio de Comportamiento Humano en la Empresa” sobre el “Modo de pensar de los directivos en España 2009/2010”, uno de los aspectos que se señalaban es la dificultad para lograr la conciliación debido a la prolongación de la jornada laboral.

El poder está presente permanentemente en las relaciones que se establecen. Como cita el libro “La pasión del poder” de José Antonio Marina: “alguien impone su voluntad y alguien, por las buenas o por las malas, la cumple”. No faltan en la película alusiones a la forma de alcanzarlo o a la abusiva manera de ejercerlo que sólo puede prosperar en una cultura de empresa en la que brillan por su ausencia los principios de actuación, valores, comportamientos asociados y falta de sentido.

Este poder omnímodo está encarnado por José Antonio (magistralmente interpretado Juan Diego), el veterano “jefazo” (padre de la novia de Rodrigo), viejo lobo hecho a sí mismo, ambicioso, zafio, sin principios, falto de equidad y escrúpulos, que desprecia a los “jasp” aunque juega con sus ambiciones, y que a lo largo de la cinta, con sus actuaciones y palabras, deja clara su catadura profesional y moral. Es elocuente cómo “alecciona” a su yerno para triunfar y, en ese sentido, impagable la escena de su presentación en la que le explica por qué tiene un Audi 8...

En suma, un “jefe tóxico” tanto más peligroso ya que, en el colmo del cinismo, disfraza su relación con los demás con una actitud de cercanía, paternalismo o “colegueo” que no evitaría que sus trabajadores, si pudiesen manifestarlo, estuvieran de acuerdo con el reciente estudio elaborado por Randstad que revela que el 52% de los empleados está descontento con sus directivos.

El amplio mosaico de personajes que nos hablan de la naturaleza de los nuevos modos de relación que se crean en el ambicioso, duro y globalizado mundo laboral y que, prácticamente, abarca todas las tipologías que podemos encontrar en el mismo y que son fácilmente reconocibles: el jefe, el pelota, la del contrato temporal, el gracioso, la inocente, el resentido, el desmotivado...

Mención aparte merece el joven “enchufado” Rodrigo (Javier Ríos), futuro yerno del jefe, acomodaticio y patéticamente servicial, que se debate entre el “deber ser” y el “querer ser”, claro ejemplo del desperdicio de una edad hecha para la rebeldía y frente a esto la pasividad del individuo actual que se conforma con una existencia que no soñaba tener.

También destacar a “Cholo” (Luis Tosar), el prepotente lugarteniente del jefe, vividor, machista y vengativo, como demuestra con el asunto del “oso” y al que le cuadra perfectamente la máxima de Séneca: “No se puede, sin peligro, acometer a los poderosos”. Es el tipo de personaje que podemos encontrar en organizaciones en donde reina la mediocridad y que, según se le atribuía al presidente Nixon, de manera muy gráfica, no debía faltar nunca en un equipo.

El final de la película te invita a reflexionar sobre el precio que estamos dispuestos a pagar por lograr eso que llamamos “éxito”, “triunfo”, “status”, “poder” o “posición” en la empresa y los símbolos asociados a los mismos: el sillón, el tamaño del despacho, la planta adecuada, la tarjeta de visita, el coche... para parecer más que ser, posiblemente a costa de traicionar a los demás o, lo que es peor, traicionarnos a nosotros mismos y vivir con ello toda la vida.

Y una mañana, al despertar, te miras al espejo y, dolorosamente, te asalta esa pregunta que, sin éxito, has pretendido evitar: ¿valió la pena?...

Angel Gayán Navarro. Vicepresidente del GREF.

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