Investigadores competentes de distintas universidades del mundo sostienen la tesis de que el cuadro de las inteligencias no es completo si no se incluye en él la inteligencia espiritual, también denominada existencial o trascendente.
La inteligencia espiritual es propia y característica de la condición humana y, además, posee un carácter universal. Todo ser humano, más allá de sus características externas o internas, posee este tipo de inteligencia, a pesar de que puede hallarse en grados muy distintos de desarrollo. Toda persona tiene en su interior la capacidad de anhelar la integración de su ser con una realidad más amplia que la suya y, a la par, dispone de la capacidad para hallar un camino para tal integración.
Lo propio de la dimensión espiritual es la salida de sí, la penetración en la estructura de las cosas. Es lo que permite el fluir, que la persona se desprenda de sí misma y se abandone. La vida espiritual no es cerrazón, menos aún autismo. Es todo lo contrario: fluidez, donación y apertura.
Una persona espiritualmente sensible no se contenta con el conocimiento superficial de las cosas, del mundo, de lo que le rodea; no le basta con una visión panorámica; pretende ir a fondo y en este caminar descubre una serie de elementos y propiedades, de niveles de la realidad que a simple vista le habían pasado desapercibidos. La vida espiritual es profundidad, movimiento hacia lo desconocido, interés por lo que está oculto, por lo que es invisible a los ojos.
Esta potencia de irradiación es inherente a la dimensión espiritual, pero también puede darse la preocupación por sí mismo. El que se encierra en sí mismo herméticamente detiene la irradiación. Quien obra de esta manera, actúa en contra de lo espiritual y se niega a sí mismo.
La inteligencia espiritual impulsa a plantearnos interrogantes existenciales y a vivir experiencias que trascienden los límites habituales de los sentidos, que conectan con el fondo último de la realidad y que nos acercan al descubrimiento del verdadero potencial de cada uno. Es una especie de dinamismo que mueve a buscar la plenitud, al perfecto desarrollo de todo nuestro ser, a la profundidad y al sentido de lo que hacemos, padecemos y vivimos. Se expresa en una profunda aspiración a una visión global de la vida y de la realidad que integre, trascienda y dé sentido a la existencia.
Esta inteligencia ocupa, dentro de la unidad de la naturaleza humana, un lugar central y dominante. Es ella quien da al todo el carácter de la personalidad y de la auténtica individualidad, quien hace que todos los estratos estén penetrados de ese carácter.
La inteligencia espiritual no nos contrapone al mundo -tanto al exterior como el interior-, sino que nos hace tomar postura frente a él, adoptar un comportamiento y este comportarse es libre. El ser humano no es esclavo de sus instintos. Toma postura, en cada instante, de su existencia tanto frente al entorno natural y social, el medio ambiente externo, como frente al mundo interno, psicofísico. Aspira a comprenderse a sí mismo y al mundo, a vivir una vida plena mientras esté en él.
En nuestras sociedades se requiere el cultivo de tal dimensión, pues están dominadas por la velocidad, el funcionalismo y el economicismo. El sentido no es algo que venga dado en ellas. Se muestran incapaces de procurar una visión global de la existencia humana y la consecuencia final de ello es la frustración y el vacío. Para hacer frente a tal situación, se requiere el cultivo de la inteligencia espiritual, la búsqueda de respuestas razonables a partir de la indagación personal y del diálogo, de la lectura y de la meditación de los grandes textos espirituales de la humanidad.
La vida espiritual no es patrimonio de las personas religiosas. Todo ser humano, por el mero hecho de serlo, es capaz de vida espiritual, de cultivarla dentro y fuera del marco de las religiones. En virtud de su inteligencia espiritual, necesita dar un sentido a su existencia y al mundo en el que vive, experimenta su existencia como problemática y necesita pensar qué tiene que hacer con ella.
La vida espiritual es el producto de la inteligencia espiritual. Si en el ser humano no hubiere esa forma de inteligencia, nunca jamás se habría planteado la apertura al misterio, el sentido de pertenencia al Todo, la búsqueda de un sentido a la existencia. Lo espiritual es una emergencia humana, el aspecto más noble que hay en él, su función más elevada, le convierte en un ser distinto del bruto.
La vida espiritual no se puede identificar con el conocimiento del propio yo, de sus rasgos psicológicos, límites y posibilidades naturales. Es apertura, movimiento, dinamismo hacia lo infinito. Este dinamismo todavía no demuestra la existencia del Absoluto, pero indica una sed de plenitud, un movimiento hacia lo que no se es, hacia lo que no se posee. La vida espiritual está en potencia en el ser humano; requiere de unas condiciones, de unos contextos y de una educación para que se articule creativamente, para que alcance su máxima expresión.
La espiritualidad es inherente a la persona como lo es su corporeidad, sociabilidad o su naturaleza emocional. Ningún ser humano puede vivir sin esta dimensión, especialmente si se mueve con hondas motivaciones y convicciones. Pertenece al sustrato más profundo del ser humano. Se dice de muchas maneras, incluye muchos campos posibles de realización. Según el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, la espiritualidad es la actitud básica, práctica o existencial propia del ser humano, es una conformación actual y habitual de su vida a partir de su visión y decisión objetiva y última.
La inteligencia espiritual abre la mente a una constelación de preguntas que exceden las posibilidades de las otras modalidades de inteligencia. Son las preguntas últimas que, de un modo espontáneo, emergen del ser humano cuando no se le reprime ni se le coacciona. Tales preguntas carecen de una respuesta definitiva por parte de la ciencia, pero no por ello son absurdas ni estériles. Expresan un dinamismo profundamente arraigado en el ser humano: una insaciable voluntad de saber. No basta con decir que carecen de sentido, que son insensatas o que son cuestiones mal formuladas. Expresan el deseo de trascender, de cruzar los umbrales y los límites del saber.
A nuestro juicio, estas preguntas últimas se pueden desglosar en siete bloques:
- Preguntas por el propio yo, su realidad, su fundamento último. Se resumen en la pregunta: ¿Quién soy yo?
- Preguntas sobre el destino futuro, la inmortalidad personal y el propio modo de ser después de la muerte. Se resumen en la pregunta: ¿Qué será de mí?
- Preguntas sobre el propio origen, el yo del pasado y lo que queda o no queda de él, el enigma del nacer y, últimamente, la propia razón de ser. Se resumen en la pregunta: ¿De dónde vengo?
- Preguntas por el sentido de la vida, el ser de las cosas, la realidad y la ficción, el enigma del universo y el secreto de la vida. Se resumen en la pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida?
- Preguntas por la finalidad de la vida humana y del universo entero, por el para qué radical de todo. Se resumen en la pregunta: ¿Para qué todo?
- Preguntas por el origen del mundo, el por qué último de todo o el sentido del pasado y la historia humana. Se resumen en la pregunta: ¿Por qué todo?
- Preguntas sobre la posibilidad de un Dios, sobre el misterio del mal en el mundo, sobre nuestra hipotética relación con Él. Se resumen en las preguntas: ¿Existe Dios? ¿Dónde está?
En virtud de la inteligencia espiritual, el ser humano es capaz de generar un mundo intangible. Por ello, es más que cuerpo. Los demás seres están sentenciados a vivir sujetos al repertorio de conductas dictadas por la especie, aunque este complejo repertorio pueda ser enriquecido por el aprendizaje. El ser humano es mucho más que eso. Sólo el hecho de reflexionar sobre ello señala un campo que le sitúa en un plano radicalmente distinto.
Se puede discutir si este campo es inferior o superior, pero, en cualquier caso, distinto. En esta distinción radica ese tesoro que denominamos libertad. El principio de libertad radica en la posibilidad de liberarse de los dictados imperiosos del cuerpo. No podemos salirnos del cuerpo, no podemos dejar de ser cuerpo, pero podemos ser más que cuerpo.
El cuerpo no es solamente una realidad material, sino el instrumento de que nos valemos para actuar y crear. El pintor, el músico y la mayor parte de los artesanos dependen de la inteligencia corporal, en particular de la habilidad de sus manos, para llevar a cabo sus obras. Al igual que para muchas profesiones se requiere fuerza o movilidad de todo el cuerpo para alcanzar los objetivos. En todos estos casos, la salud y el funcionamiento normal del cuerpo son condición del éxito.
El cuidado y la ejercitación del cuerpo, realizados conforme a un plan y con vistas a unos objetivos determinados, contribuyen a que pueda llegar a ser lo que está llamado a ser. Sólo lo alcanzará si obedece a los fines e ideales que se establecen desde la inteligencia que es la que impulsa y guía voluntariamente la vida de la persona.
| El cuerpo es la expresión y el instrumento de la inteligencia. El que es un agudo observador y está acostumbrado a la reflexión profunda, lo expresa en su mirada, y también su frente tiene una impronta similar. La impronta que comunican al cuerpo, y especialmente al rostro, está en directa correspondencia con el cultivo de la inteligencia, ya que los movimientos puntuales y su frecuente repetición tienen sus raíces en las disposiciones de la inteligencia. |  |
Por regla general, nuestro cuerpo atrae nuestra atención y se convierte en objeto de actos voluntarios solamente cuando notamos resistencia y obstáculos de su parte, como sucede con el cansancio corporal o con las actividades para las que aún no está ejercitado.
Una persona espiritualmente enérgica obtiene de su cuerpo, incluso contra la resistencia de éste, cuanto necesita de él para realizar una tarea: sigue caminando, aunque esté cansado, para llegar a su destino, o repite los ejercicios de digitación hasta que puede tocar con la facilidad de quien está practicando un juego.
Quien trata así a su cuerpo, lo tiene en su poder de una manera totalmente distinta de quien cede a él. La recia disciplina es algo que se nota en el cuerpo mismo, a la vez que implica también una determinada impronta de la inteligencia.
La inteligencia espiritual da poder al ser humano para formularse preguntas últimas o cuestiones fundamentales de la existencia. No son cuestiones absurdas éstas. Aunque no tengamos respuestas concluyentes ni definitivas a las mismas, este tipo de interrogaciones son un producto de la inteligencia espiritual.
No pretendemos realizar el inventario completo de las mismas, pero sí, cuanto menos, identificar algunas de las fundamentales: ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Qué puedo esperar después de mi muerte? ¿Qué sentido tiene el mundo? ¿Para qué sufrir? ¿Para qué luchar? ¿Qué es lo que merece ser vivido? ¿Qué merece la pena hacer? ¿Cómo debo dotar de sentido a mi vida?
Estas cuestiones emergen de lo más hondo de la consciencia humana, pero sólo pueden emerger porque en el ser humano hay un tipo de inteligencia diferencial. Esta inteligencia da la capacidad para penetrar en la más íntima estructura de la realidad, en esos interrogantes que trascienden el método científico y que están fuera del imaginario social.
No disponemos de respuestas evidentes a tales preguntas, pero el preguntar último, la búsqueda del para qué constituye un estímulo al desarrollo filosófico, científico y tecnológico de la humanidad.
La búsqueda sin término, el anhelo de una vida plena, la aspiración a la total realización son rasgos perfectamente identificables en el ser humano. Se expresan de múltiples modos, pero desde su experiencia de ser inacabado, siempre está en búsqueda.
La búsqueda del sentido no es un producto de la cultura, ni un fenómeno artificial. Emerge de lo más hondo del ser, como una necesidad primaria, como una pulsión fundamental. Puede permanecer en un estado silente, como en letargo, pero en determinados contextos, brota con fuerza. El ser humano, en virtud de su inteligencia espiritual, es capaz de interrogarse por el sentido de su existencia, tiene el poder de preguntarse por lo que realmente dota de valor y de significado su estancia en el mundo.
Esta cuestión resulta extraña y ajena a cualquier otro ser vivo. En los seres vivos más complejos detectamos propiedades y capacidades similares a las del ser humano. En grados distintos, podemos distinguir en los mamíferos superiores formas de inteligencia lingüística, emocional, interpersonal, pero la inteligencia espiritual es una modalidad específicamente humana.
La inteligencia espiritual permite, por un lado, interrogarnos por el sentido de la existencia y, por otra, buscar respuestas plausibles a la misma. No existe una única respuesta a tal pregunta, ni tampoco se puede esperar una respuesta concluyente desde las ciencias experimentales. Cada ser humano está llamado a dotar de sentido su existencia, pero el modo como la dote depende del desarrollo de su inteligencia, de las interacciones y de su bagaje educativo y cultural.
La pregunta por el sentido es la primera expresión de que el ser humano no es un mero hecho natural. Está abierto a unas realidades y a unos valores que dan a su vida dignidad. Sea cual sea la formulación concreta, “¿Vale la pena vivir?” “¿Tiene sentido la vida?” “¿Qué me cabe esperar?” son preguntas que hacen explícito el carácter misterioso de la persona. Este carácter aflora cuando uno se hace preguntas sobre sí mismo y sobre el mundo. Cuando se supera el nivel de las apariencias accesibles y se llega a las raíces se desata una intensa vida espiritual.
La inteligencia espiritual da poder para tomar distancia de la realidad circundante, pero también de nosotros mismos. Tomar distancia es una operación aparentemente simple, pero, sin embargo, básica para la existencia humana. Es la condición de posibilidad de la propia consciencia de la singularidad y de la realización de la vida en un marco de libertad. Sin distancia, uno queda atrapado en el contexto, en el entorno, y carece de capacidad para hacer de su vida un proyecto singular. Tomar distancia no debe entenderse en un sentido físico.
En definitiva, la inteligencia espiritual permite separarnos del mundo, del propio cuerpo, pero tal operación es únicamente mental. Vivimos en un cuerpo, crecemos, nos desarrollamos y nos comunicamos a través de él, pero gracias a la inteligencia espiritual podemos trascenderlo, ir más allá de sus necesidades, sin dejar de ser seres corpóreos.
 | Francesc Torralba. Es director de la Cátedra Ethos de la Universidad Ramón Llull. Puede contactar con él en el email: FrancescTR@blanquerna.url.edu. |