Hoy, creo que es interesante echar un vistazo a un par de noticias que en relación a ello se han producido en las pasadas semanas. Como noticias que son, todas ellas son nuevas (o al menos lo han sido en el momento de su aparición).Si son veras (o verdades), vamos a intentar desentrañarlo a continuación:
La publicación de la EPA del III trimestre. ¿Una buena noticia?
El 23 de octubre, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicaba como cada trimestre su Encuesta sobre la Población Activa (popularmente conocida como EPA, la más completa fuente de información disponible sobre la evolución de las variables del mercado de trabajo: actividad, empleo y paro). Fue la correspondiente al tercer trimestre del año y por tanto abordaba la evolución registrada en el empleo y el paro durante los meses de julio, agosto y septiembre.
De los muchos datos que la EPA recoge, la práctica totalidad de los medios de comunicación se quedó con el de la evolución del desempleo, o sea del paro. El paro descendió en 14.100 personas respecto al trimestre anterior, lo que sirvió para que los noticieros de radio y televisión, las portadas de los más importantes periódicos y las declaraciones de los responsables públicos y opinadores se congratulasen con la que se nos presentaba (¡por fin!) como una buena noticia en el sufrido panorama social. “Respiro para el gobierno”, “El paro baja”, “La EPA refleja la mejora en las cifras del paro” y cosas así se veían en las portadas de nuestros matutinos y los más conspicuos (o atrevidos, lo que por cierto no es incompatible) de nuestros creadores de opinión lanzaban las campanas al vuelo y no se olvidaban de arremeter contra los pesimistas que habían predicado que el paro iba a seguir creciendo durante muchos meses.
Desgraciadamente, pocos motivos de alegría hay en los resultados de la EPA que nos ocupa. El paro bajó en el trimestre (en el último año subió en nada menos que 1,5 millones de personas y se sitúa en más de 4 millones de desempleados) no porque haya habido más empleo, sino simplemente porque hay menos personas que buscan trabajo. O sea, hay menos paro porque hay menos gente que cree que puede encontrar un nuevo empleo y simplemente deja de buscar trabajo (lo que técnicamente se conoce como “desanimados”).
Los datos del trimestre contemplados en su integridad son especialmente preocupantes porque reflejan no solo la continuación de la destrucción de empleo, con casi 75.000 empleos destruidos en un trimestre en el que tradicionalmente se registran los mayores volúmenes de ocupación debido a la estacionalidad (los meses de verano, la actividad turística tira con fuerza y crea un gran número de empleos), sino porque empiezan a mostrar algunos signos que, de confirmarse serían muy preocupantes. Me refiero a la destrucción de empleo de carácter fijo. Hasta el tercer trimestre, la destrucción de empleo se había concentrado en los empleos temporales (lo que es lógico en el inicio de las épocas de dificultades. Las empresas, cuando vienen mal dadas, en primer lugar dejan de contratar nuevos trabajadores, después reducen sus contratas externas y más tarde no renuevan los contratos temporales de sus trabajadores eventuales. Sólo cuando la situación se complica en un grado más empiezan a prescindir de sus trabajadores permanentes) y del millón de asalariados menos con que contábamos en el último año, prácticamente la totalidad (950.000) correspondía a pérdida de empleos temporales.
El panorama en este trimestre ha cambiado y la pérdida de empleo corresponde a destrucción de empleo fijo (161.200 menos que en el trimestre anterior), mientras que el empleo temporal ha aumentado en el periodo. Parece que la necesidad de ajuste ha llegado a los trabajadores con empleo estable y eso indica que los márgenes de flexibilidad que aporta la temporalidad se han acabado y que el ajuste llega al “núcleo duro” de la organización de las empresas (y al de las familias, cabría añadir). Habrá que estar atentos a la evolución de los próximos meses y prestar atención no sólo a la evolución del número de parados, sino sobre todo a la del empleo y, dentro de éste, a la del empleo fijo. La pérdida del empleo de más calidad (el fijo o indefinido) es más difícil de recuperar y afecta más directamente a los cabezas de familia con responsabilidades familiares. Esperemos que el volumen de destrucción de empleo, que otros indicadores ya nos están anunciando que se mantiene, no se acelere en los próximos meses y recordemos que, en este caso, además del número es trascendente el mayor coste social de la pérdida de empleo permanente.
El milagro alemán. ¿La solución a nuestros problemas?
Mucho se ha escrito y se habla (y se hablará) del éxito de Alemania a la hora de abordar la necesidad de ajuste de sus empresas en tiempos de crisis. Alemania ha registrado descensos en su PIB superiores a la de la mayoría de los países desarrollados y sin embrago su tasa de desempleo apenas se ha incrementado en estos tiempos (la tasa de desempleo permanece ligeramente por encima del 8%, por debajo de la media de la zona euro). El éxito alemán se achaca a las medidas laborales de apoyo a las empresas y ha supuesto que muchos analistas de peso (premios Nóbel incluidos) planteen la superioridad del modelo europeo frente al norteamericano a la hora de medir la eficiencia de las actuaciones frente a la crisis. Las medidas encaminadas al mantenimiento del empleo (la OCDE ha publicado recientemente un estudio sobre 14 iniciativas dirigidas al mercado de trabajo adoptadas desde el inicio de la actual crisis y la gran mayoría se concentran en los países europeos) acabarían con el para muchos incuestionable mejor funcionamiento del mercado de trabajo de los Estados Unidos frente a Europa y plantearía la necesidad de revisar alguno de las posiciones tradicionales sobre la cuestión.
Dejando de lado el debate más o menos doctrinal sobre este asunto (de los mejores resultados europeos queda fuera, claro está, el caso español, que sigue registrando la peor evolución de la zona analizada), lo que ha tenido más trascendencia en nuestro país, ha sido el deseo de incorporar a nuestros programas públicos el que con tanto éxito se está aplicando en Alemania. Tanto ha gustado la idea, que los principales líderes sindicales y los mayores responsables gubernamentales han anunciado que la incorporarán a la mesa de diálogo social (con esos valedores, cabe dentro de lo razonable aventurar que, de una manera un otra, la cosa saldrá aprobada).
El programa alemán, como ya todo el mundo sabe, se denomina Kurzarbeit y básicamente consiste en que las empresas en dificultades y que precisen una reducción de su capacidad productiva, en lugar de verse forzadas a despedir a sus trabajadores, pueden reducir la jornada de trabajo y los trabajadores afectados pasan a completar sus salario (que se ve reducido proporcionalmente a la reducción de jornada, lo que significa un ahorro para el empleador) con las prestaciones por desempleo. La idea ha hecho furor y, ante el incuestionable planteamiento de que es mejor reducir jornada que despedir, se nos dice que el sistema ha permitido salvar entre 400.000 y 500.000 puestos de trabajo.
Si la cosa es tan buena, nada que objetar a su copia y adaptación a nuestro sistema previo el análisis y discusión por los interlocutores sociales y el Gobierno y a su introducción con las correcciones y mejoras que se consideren convenientes. Las dudas surgen cuando nos preguntamos si lo que parece que persigue el esquema alemán no se puede hacer ya con nuestra vigente legislación y procedimientos. Si echamos un vistazo a la normativa general aplicable a estos casos y reparamos en la más reciente (Real Decreto Ley 2/2009), tenemos que las empresas que suspendan las relaciones laborales con sus trabajadores (o sea, que en vez de trabajar la jornada prevista para un determinado año, lo hagan reduciéndola un determinado número de meses, semanas o días) tendrán una reducción en sus cuotas a pagar a la Seguridad Social. Los trabajadores afectados no consumirán (no gastarán) su prestación por desempleo si la suspensión no supera los cuatro meses de duración. Dicho así, la cosa resulta muy parecida. Si además añadimos que en lo que va de año se han beneficiado de la misma 450.000 trabajadores, hasta las cifras parecen querer coincidir.
Bienvenida sea la nueva medida si de verdad incorpora nuevas soluciones a una regulación del mercado de trabajo que tan pocos mecanismos de este tipo brinda a las empresas. Aquí la noticia está sobre la mesa. La veracidad no la cuestionamos para el caso de Alemania. Hacemos votos para que también sea verdad para resolver problemas de muchas empresas españolas
Juan Chozas Pedrero
Socio de CUSAN Abogados