Reiteradamente se ha acusado a Steve Jobs (1955) de secretismo. El padre de Apple mantiene equipos independientes e incomunicados entre sí para desarrollar sus proyectos, oculta información sobre los múltiples tratamientos médicos que recibe, y silencia el lanzamiento de nuevos productos hasta el momento mismo de su presentación. Pero, ¿en qué fuente se ha podido inspirar para desarrollar una política tan desconcertante?
Quizá la respuesta resida en un antiquísimo libro titulado “El Arte de la Guerra”. En realidad es el primer tratado de estrategia que se conoce y fue escrito por el general Sun Tzu allá por el siglo V a.C. Todavía hoy sigue siendo un manual de lectura obligatoria para directivos y estrategas:
“Los planes del buen general son tranquilos y absolutamente secretos para que nadie pueda descubrirlos...
Puedes ganar cuando nadie puede entender en ningún momento cuáles son tus intenciones...”.
Y es que algunas de las obras escritas por famosos samuráis han sido auténticos best sellers entre los hombres de negocios.
No debería extrañarnos, pues gran parte de los términos empleados en el mundo de la empresa poseen un origen marcial. Qué compañía no sigue una táctica; lanza una campaña; se marca una misión, un objetivo o un plan, o crea barreras de entrada.
Por ello es lícito preguntarnos: ¿Pueden las artes marciales aportarnos perspectivas enriquecedoras para la gestión empresarial?
De la “Técnica” al “Camino” Al igual que cualquier otro quehacer humano, las artes marciales han ido evolucionando. Diferentes prácticas, ideas, actitudes, se han ido agregando y perfeccionando.
Lo que en principio eran unas habilidades, se revistieron de nuevos elementos. Las técnicas o artes (Jutsu) se transformaron en camino o vía (Do). Así el bu-justu (arte del guerrero) abrió la puerta al bu-do (camino del guerrero) y con él, a sus derivados (judo, karate-do, kendo, etc.).
El arte de la lucha ya no sólo debía estar provisto de destrezas físicas y tácticas, sino que también asumía ciertas actitudes y comportamientos. Tanto era así, que el padre del karate, Gichi Funakoshi (1868-1957), sostuvo como una de sus máximas que “el espíritu es más importante que la técnica”.
¿Contigo o contra ti? Este enriquecido enfoque partía de un hecho comprobado: ninguna victoria es permanente. Quien combate, tarde o temprano es vencido. A su vez, quien sufre la derrota busca resarcirse, por lo que el ganador jamás puede saborear en plenitud su triunfo. Por eso un maestro como Morihei Ueshiba (1883-1969), fundador del aikido, afirmaba que “el verdadero guerrero es invencible porque no lucha contra nadie. Vencer significa derrotar la idea de disputa que albergamos en nuestra mente”.
En esta misma línea, el creador del judo, Jirogo Kano (1860-1938), decía que “el objetivo principal del Judo es inculcar en el alma del hombre un espíritu de respeto por los principios de máxima eficacia y prosperidad y ayuda mutua que deberá aplicar a su vida”.
Todavía añadía: “Solamente por medio de la ayuda y las concesiones mutuas, un organismo que agrupe individuos en número grande o pequeño puede encontrar su plena armonía y realizar serios progresos”.
No deja de resultar sorprendente que alguien que elabora un estilo de lucha defienda la idea de ayuda mutua. ¿Es que pueden ir de la mano la eficacia, la prosperidad, la ayuda mutua y el progreso? Trasladando estas ideas al ámbito económico, podemos preguntarnos: ¿No nos convenció Adam Smith (1723-1790) de que el hombre “al perseguir su propio interés realiza más efectivamente el de la sociedad que si se propusiera realmente promoverlo”? ¿Cómo encajar entonces esa cooperación? ¿Qué oculto misterio han iluminado las artes marciales para hablar así? ¿Acaso tendrían cabida estos planteamientos cooperativos en el beligerante escenario de las relaciones económicas?
La respuesta es un sí rotundo. Precisamente la Teoría de Juegos viene a decirnos que si queremos desarrollar una estrategia provechosa, esta tiene que tener en cuenta los intereses y estrategias de los demás (por ejemplo, en el Equilibrio de Nash). También nos advierte de que si buscamos a todo trance nuestro exclusivo beneficio, resultaremos más perjudicados personal y colectivamente que si propiciamos la colaboración. Esto es aproximadamente lo contrario a lo que sostenía Adam Smith.
Es muy significativo que la Teoría de Juegos, nacida en el campo de la matemática económica, haya encontrado aplicaciones en el mundo de la estrategia militar. Ahí están los trabajos de John von Neumann (1903-1957) y Oskar Morgenstern (1902-1977) atendiendo a cuestiones como la “destrucción mutua garantizada” durante la guerra fría.
El camino de la colaboración Lo que los grandes artistas marciales habían puesto de manifiesto en el amanecer del siglo XX, a saber, que la victoria, para ser viable y fecunda, no debe buscar la derrota del adversario sino su colaboración, tardaría treinta años en ser incorporado a la teoría económica.
¡Y qué decir de la práctica política! Baste recordar cómo el Tratado de Versalles (1919) liquidaba la Primera Guerra Mundial con toda una serie de cláusulas revanchistas para con Alemania que servirían de perfecto caldo de cultivo al resentimiento totalitario de Hitler (1889-1945). Sus promotores se felicitaron por haber acabado con las guerras en Europa de una vez para siempre, y veinte años más tarde estallaba el mayor conflicto conocido hasta la fecha.
Concluida la Segunda Guerra Mundial resurgió la tentación revanchista. El Plan Morgenthau pretendía convertir Alemania en un país preindustrial, con una economía artesanal y agrícola, pues era “de la máxima importancia que todos los ciudadanos de Alemania se den cuenta de que esta vez Alemania es una nación derrotada”. Sin embargo prevaleció el nuevo enfoque de ayuda mutua, desarrollándose el Plan Marshall que beneficiaba a vencedores y vencidos y que en cuatro años colocó a los países implicados en unos niveles económicos superiores a los previos a la guerra (salvo la República Democrática Alemana). Además, creó una serie de instituciones que serían el germen de la Unión Europea. En las últimas seis décadas y media Europa occidental no ha padecido ninguna nueva guerra.
Pese a todo, la aplicación del nuevo enfoque colaborador al ámbito empresarial ha distado de ser la deseable.
Precisamente a mediados de los años noventa del pasado siglo, la industria norteamericana estaba preocupada porque perdía peso frente a la pujante industria japonesa. Para descubrir las causas de esta situación encargó un estudio al prestigioso Massachussets Institute of Technology. Las conclusiones no pudieron ser más clarificadoras. Mientras las empresas norteamericanas estaban embarcadas en una obsesiva lucha por la competitividad, las japonesas adoptaban una actitud mucho más cooperadora, incluso entre empresas del mismo sector. Esto propiciaba intercambios enriquecedores e impulsaba el desarrollo colectivo.
Un campo por explorar La empresa ha sabido nutrirse de enfoques advenedizos para mejorar su gestión. Conceptos como coaching o team building provenientes del ámbito deportivo han encontrado acomodo en la dinámica empresarial.
Sin embargo el campo de las artes marciales, provisto de un abanico más amplio de posibilidades, todavía hoy está insuficientemente explorado por la ciencia económica.
Quién sabe, quizá un día en el management serán habituales términos como sen-no-sen (anticipación), ichi go-ichi e (un encuentro, una oportunidad), hen-ho (adaptabilidad permanente) o jita kyoei (ayuda mutua). El tiempo lo dirá.
Rafael Hidalgo Navarro
Innovación-Caja Laboral
rafael.hidalgo@cajalaboral.es