Además la pregunta es obligada: ¿por cuál optar? o ¿cuál es la mejor? Económicamente no hay una sustancial diferencia. El presupuesto para ambas puede ser similar ya que si estás dispuesto a “tirar la casa por la ventana” lo puedes hacer con una cesta o con una fantástica cena en un sitio especial y si se trata de “ahorrar costes” puedes conseguirlo con un “presente” tipo cesta o con un menú ajustado en un restaurante modesto.
La diferencia entre ambas modalidades no reside tanto en lo material como en lo conceptual. La filosofía que subyace a cada una de las dos situaciones es muy distinta.
Así, da la impresión que la comida es más adecuada para empresas o situaciones en las que los empleados se llevan (razonablemente) bien, hay cierto espíritu de equipo o cuando menos hay relaciones entre ellos, el “jefe” (o los “jefes”) se muestra asequible y es amigable, hay un cierto clima laboral “amable”… o, si no hay nada de todo esto, lo que se pretende es fomentar las relaciones, el duro y hueso “jefe” se muestra asequible y gracioso (se atreve a contar chistes o hasta a bailar) e incluso, esa noche, es motivo de bromas o sujeto pasivo de imitaciones varias. Se busca mejorar el clima laboral, se intenta crear espíritu de equipo y, salvo contadas excepciones, el ambiente, a partir de la tercera copa, es “fantáchtico, todos se chevan muy fien y se quieren bucho”.
Por otro lado nos encontramos la cesta. En ella parece primar la individualidad o el disfrute individual, quizá extendido a la familia. Tengo la sensación que la cesta a lo que motiva e impulsa es a la distinción de dos ámbitos diferentes. Es como decir: toma, disfruta con tu familia las fiestas porque aquí se viene a trabajar. La cesta no impulsa la diversión o disfrute común de los empleados de la empresa sino el individual. Dicho de otro modo: la libertad individual de que cada uno disfrute como quiera sin la obligatoriedad de compartir el momento de disfrute con compañeros de trabajo.
¿Podemos decir que la cesta es neoliberal y la comida socialdemócrata?
Paradójicamente lo que me he encontrado en muchas empresas (y el oficio de consultor da para conocer unas cuantas costumbres navideñas) es justo lo contrario.
Empresas en las que el ambiente se puede cortar con un cuchillo hacen unas comidas y cenas de navidad fantásticas: alegres, divertidas, amigables, con bromas, cantos y bailes…
Por otro lado he visto empresas en las que el ambiente entre los empleados es de “cordial” para arriba (llegando a amistades personales, excursiones o salidas familiares conjuntas) o bien existe una cultura de trabajo en equipo y de compartir miedos, esperanzas, éxitos y fracasos; que entregan una cesta (a veces, incluso ni eso, la envía una agencia de mensajería a casa) y adiós muy buenas, como si estuvieran “regañaos”.
Es decir, al igual que en política la filosofía subyacente es una cosa y la realidad existente, otra bien distinta.
De cualquier forma y volviendo al principio: ¿qué es mejor? ¿por cuál optar?
Mejor dicho: ¿Cuál es su situación? ¿Cuál es la que le gustaría?
¿De qué estamos hablando de cestas o de filosofía política?
La diferencia entre ambas modalidades no reside tanto en lo material como en lo conceptual. La filosofía que subyace a cada una de las dos situaciones es muy distinta.
Así, da la impresión que la comida es más adecuada para empresas o situaciones en las que los empleados se llevan (razonablemente) bien, hay cierto espíritu de equipo o cuando menos hay relaciones entre ellos, el “jefe” (o los “jefes”) se muestra asequible y es amigable, hay un cierto clima laboral “amable”… o, si no hay nada de todo esto, lo que se pretende es fomentar las relaciones, el duro y hueso “jefe” se muestra asequible y gracioso (se atreve a contar chistes o hasta a bailar) e incluso, esa noche, es motivo de bromas o sujeto pasivo de imitaciones varias. Se busca mejorar el clima laboral, se intenta crear espíritu de equipo y, salvo contadas excepciones, el ambiente, a partir de la tercera copa, es “fantáchtico, todos se chevan muy fien y se quieren bucho”.
Por otro lado nos encontramos la cesta. En ella parece primar la individualidad o el disfrute individual, quizá extendido a la familia. Tengo la sensación que la cesta a lo que motiva e impulsa es a la distinción de dos ámbitos diferentes. Es como decir: toma, disfruta con tu familia las fiestas porque aquí se viene a trabajar. La cesta no impulsa la diversión o disfrute común de los empleados de la empresa sino el individual. Dicho de otro modo: la libertad individual de que cada uno disfrute como quiera sin la obligatoriedad de compartir el momento de disfrute con compañeros de trabajo.
¿Podemos decir que la cesta es neoliberal y la comida socialdemócrata?
Paradójicamente lo que me he encontrado en muchas empresas (y el oficio de consultor da para conocer unas cuantas costumbres navideñas) es justo lo contrario.
Empresas en las que el ambiente se puede cortar con un cuchillo hacen unas comidas y cenas de navidad fantásticas: alegres, divertidas, amigables, con bromas, cantos y bailes…
Por otro lado he visto empresas en las que el ambiente entre los empleados es de “cordial” para arriba (llegando a amistades personales, excursiones o salidas familiares conjuntas) o bien existe una cultura de trabajo en equipo y de compartir miedos, esperanzas, éxitos y fracasos; que entregan una cesta (a veces, incluso ni eso, la envía una agencia de mensajería a casa) y adiós muy buenas, como si estuvieran “regañaos”.
Es decir, al igual que en política la filosofía subyacente es una cosa y la realidad existente, otra bien distinta.
De cualquier forma y volviendo al principio: ¿qué es mejor? ¿por cuál optar?
Mejor dicho: ¿Cuál es su situación? ¿Cuál es la que le gustaría?
¿De qué estamos hablando?, ¿de cestas o de filosofía política?
Iñaki Pérez Socio-Director iperez@bcdev.es http://www.bcdev.es