Es curioso constatar que una festividad como la de Todos los Santos, clásica, de las de toda la vida, con sus ritos (visita al cementerio con ramo de flores), su gastronomía (huesitos) y con espectáculos propios (el Don Juan de TV) creados a lo largo de siglos de tradición (bueno lo de la TV lleva algo menos, solo medio siglo) cambie tan rápidamente (¿en cuánto tiempo se ha producido la transformación: cinco, ocho, diez años máximo?) y pase a denominarse “Halloween” con sus ritos (¿Truco o trato?), sus decorados (la siempre presente calabaza), vestuario (¿quién no se disfraza ese día?) y gastronomía propia (chuches de todo tipo).
De la misma forma, aunque con algo más de resistencia por parte de las generaciones veteranas, está ocurriendo con Los Reyes Magos, que, progresivamente, están siendo desplazados por Papa Noel. Cierto es que aún se mantienen los rituales, gastronomía (roscón) y espectáculos (caravana, noticiarios de la tv…) pero también que Santa Claus está ganando terreno hasta el punto que buena parte de los niños de hoy celebran el día de los regalos dos veces. Afortunadamente la magia de los Reyes (y/o de Papa Noel) junto a la inocencia de nuestros hijos nos permite seguir manteniendo una mitología que permite compaginar ambos protagonistas (son muy amigos y se llevan muy bien, solemos decir).
Excepto para los puristas defensores de las tradiciones ortodoxas o del mantenimiento de una pureza de lenguaje alejada de anglicismos, todo esto no tendría la menor importancia si simplemente quedara ahí. Un cambio de unos rituales por otros o, en el peor de los casos, unas gastronomías por otras. En definitiva, lo que estamos haciendo los seres humanos desde que el mundo es mundo: inventar ritos y tradiciones y sustituirlos, al cabo del tiempo, por otros más del gusto de la época.
Curiosamente podemos hacer una reflexión similar en otros ámbitos de actividad ya no centrados en el costumbrismo vital sino en el profesional. Por ejemplo, el ámbito del management (¿lo ve? ya empezamos, ¿porqué no habré dicho en el ámbito de la gestión?) encontramos una sustitución de terminologías tradicionales por anglicismos. No pasaría nada (excepto para los puristas del lenguaje) si no fuera porque, al menos en apariencia, van acompañadas de unos modelos de gestión “modernos” e “innovadores”.
La cuestión es si eso es cierto: muchos de los métodos de gestión “modernos” son los de siempre pero con un ropaje nuevo que le da un “aura” de infalibilidad (valorar el desempeño es un tanto “cutre” y subjetivo, ahora se valora el “achievement”) o, simplemente, supone un “aggiornamiento” de algo que se ha hecho toda la vida (ya no se dice castizamente “voy a buscarme un enchufe” sino “voy a hacer networking”).
Con todo, eso es el menor de los males. ¿Cuántas veces sin embargo hemos “copiado” técnicas de management que no funcionan pero las “vendemos” a precio de oro cuando le ponemos una etiqueta sajona?
No se trata de estar en contra de los anglicismos o en contra de adoptar “best practices” provenientes de USA o de Japón.
Se trata de evitar el papanatismo de bendecir cualquier “sajonada” por el mero hecho de que suena bien (junto con el hecho de que no tenemos ni idea de lo que quiere decir) y de abominar cualquier casticismo por el mero hecho de que suena “a lo de toda la vida”, es decir a “homemade foods” (comida casera).
En este país, con sus aciertos y errores y a pesar de proceder de una autarquía de décadas, hemos sabido llevar a cabo una buena gestión de nuestras organizaciones. Hemos sido capaces de pasar de una economía poco competitiva a una economía integrada en el “mercado común” y, más tarde, a tener empresas multinacionales propias (BSCH, BBVA, Repsol, Telefónica, eléctricas, constructoras…). No seremos tan malos en el “management”.
A pesar de ello, al igual que en Halloween o Papá Noel, estamos progresivamente adoptando rituales, gastronomías, decorados y vocabulario que simplemente son distintos (en su apariencia) pero no necesariamente más eficaces.
Iñaki Pérez
Socio-Director
BCD Business and Change Development