Vendrán otras vidas, otras tabletas que no necesitarán ni siquiera pulgares, teclearemos a golpe del pensamiento... Después de todo, él ya debió estar allí, al otro lado del velo. Si no, ¿de dónde esas máquinas que se burlaron del tiempo, esos artilugios tan adelantados a su hora? Si no, ¿de dónde esa magia en la punta de los dedos, esos universos infinitos que se abren sobre una sencilla tableta? Si no, ¿de dónde esa vida más fácil, más agradable que nos ha proporcionado, de dónde ese fututo tan a nuestro alcance?
Sí, el estuvo allí y luchó por mostrarnos lo que vio y tocó, y seguramente le cegó, al otro lado de la realidad. Por eso pudo regalar a los estudiantes de la Universidad americana tan valiosas enseñanzas. “La muerte es posiblemente el mejor invento de la vida, es el mejor agente de cambio. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo. Vuestro tiempo es limitado. No lo gastéis viviendo la vida de otro. No dejéis que la opinión de otros ahogue vuestra voz interior. Tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición. Lo demás es secundario”.
Si, él ya estuvo allí, por eso puede sugerir irnos a otras realidades, asomarlas al cristal de la tableta; por eso no temió la enfermedad y salió en los huesos ante las cámaras del mundo. Si, él ya estuvo allí. Sabe que la temida y mal llamada muerte es solo doble click con el pulgar derecho sobre el monitor de nuestros días. Él sabe que cliquearemos sin límite en ensayo eterno, que resetear el sistema personal, poner en blanco la pantalla de una existencia nada tiene que ver con luto y desgarro. Él sabe que lo importante es ser útil en esta o en aquella pantalla, es vencernos a nosotros mismos, a nuestra propia gravedad y subir al escenario y ofrecer, desbordado de ilusión, algo al prójimo.
Si, él estuvo allí, en el otro lado más luminoso de la vida, donde vio y palpó los inventos, donde negoció las prórrogas cuando la enfermedad. Cuando los médicos le encontraron el cáncer de páncreas no sabía de este órgano, ni donde se localizaba. Le dijeron que era difícilmente curable. Pero la fuerza de vivir, de crear, de servir, pudieron más que el tumor. Regateó con los señores médicos de los días alguna cara moratoria y logró presentaros él y su gente el iPhone, el iPod, el iPad….
Honramos el legado no solo de quien hizo nuestras vidas más agradables, de quien trajo al presente los aparatos reservados al mañana, sino también de quien en su exigente búsqueda espiritual viajó a la India, de quien no comía carne, de quien quiso combatir su cáncer con medios alternativos.
Ocupa las portadas de los periódicos de todo el mundo y se le despide no solo como un visionario único, sino un ser que abrazó el budismo y su valor excelso de compasión universal y como dice Mariscal todo esto lo hizo “sin corbata”, sin ceder ante el sistema y sus rituales, su estética, sus reglas y convencionalismos.
Poco sabemos de los intercambios entre genios y dioses, qué prórrogas consiguió pactar para poder culminar su misión sobre la tierra, qué acuerdos alcanzó con el deva de la muerte. Había dejado claro el mensaje de seguir nuestro corazón, nuestra intuición, de amar lo que hacemos como el mejor servicio a la sociedad. El día 8 de octubre, ya satisfecho cedió, debió dar por completado su cometido, quiso retornar al origen de todos sus prodigios, a la causa de todos sus quebraderos de cabeza. Solo quien es sabedor de la fuerza liberadora más allá trata con toda su alma de acercar sus excelsas y prodigiosas realidades al más acá.
Difundió por todo el mundo su testamento de fe en nosotras/os mismas/os y nuestro potencial enorme, de vivir cada día como si fuera único. Ya no se apoderará Steve Jobs al otro lado del velo de ninguna nueva genialidad para traerla bajo el brazo. Marcha tranquilo, consciente de que aquí dio todo lo que pudo y más. Agradecimiento pues a quien vino y volvió tantas veces y al retornar nos regaló maravilla, aparatos mágicos con los que redactamos estas y otras letras de homenaje a él y a su eterna vida.
A un lado el bosque inmenso que ya otoña, al otro una pantalla también grande en blanco cada mañana. Paso la mayor la mayor parte de mis días frente a su manzanita, ante una de las máquinas prodigiosas que él alumbró. Al igual que muchos amigos, no aceptaría otro panorama diario ante mis ojos.
Hoy solo puedo teclear en su recuerdo, en su gloria.
Koldo Aldai Agirretxe
Consultor